miércoles, octubre 18, 2017

Trento (34)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck. Pero allí, en el minuto de descuento, el emperador se echó atrás.


Prácticamente nada más ser nombrado, Morone partió hacia Trento, donde dirigió su primer discurso el 13 de abril. Un discurso conciliador en el que trataba de tranquilizar las tensiones que se estaban haciendo cada vez más evidentes en Innsbruck. Tan claro tenía el nuevo legado presidente que el marrón estaba en aquella ciudad imperial que, nada más pronunciar sus palabritas, se fue para allá a acariciarle la pelliza al emperador. El hecho es que el Vaticano tenía colocado ya en la ciudad al jesuita Pedro Canisio, que había conocido a los miembros de la comisión de reforma creada por Fernando y por lo tanto ya sabía el tipo de movidas que se estaban diseñando allí. Y sus cartas, por cierto, eran cada vez más angustiosas. Para colmo, fue en aquellos tiempos cuando Birague se dejó caer por Trento con la propuesta francesa de trasladar Trento a alguna villa renana; París, además, había despachado dos diplomáticos: uno a Roma y otro a Madrid, con la función de comunicar dicha propuesta.

lunes, octubre 16, 2017

Trento (33)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena. Las cosas se encabronaron y llegó un momento en que el Papa se jugó el ser o no ser de su poder; pero no en Trento, sino en Innsbruck.



La respuesta del Papa no tenía nada de sincera. Las cartas al emperador no dejaban de ser cartas en las que alguien que no quería ceder ni un pelo hacía promesas vagas para parecer que ofrecía lo contrario. Y por si podía existir alguna duda para el observador de que efectivamente era así, la prueba de ello llegó cuando las misivas pasaron por el filtro de la Curia cardenalicia. Porque lo que hicieron los cardenales no fue matizar aquellas cartas ya de por sí bastante blanditas sino, simple y llanamente, convencer a quien las firmaba de que no las enviase. En su lugar todo lo que envió el inquilino del castillo del Santo Ángel fue una esquela en la que le anunciaba a Fernando la llegada a la Corte imperial de un cardenal que, por lo visto, lo iba a arreglar todo.

martes, octubre 10, 2017

Lluis Companys (en digesto)

Dado que en estas horas se ha puesto un poco de moda, he pensado en recuperar para vosotros una serie que publiqué hace ocho años en el blog dedicada a la vida de Lluis Companys. No está, la verdad, muy adaptada a los tiempos que corren, porque apenas dice cosas sobre el golpe de Estado de 1934, que es lo que ahora se usa más para las analogías, y más sobre el momento en el que yo creo que don Luis se jugó su papel en la Historia: la guerra civil. Pero, bueno, para el que desee un acercamiento a la personalidad de este hombre, tal vez le sirva.

A ello, pues.

lunes, octubre 09, 2017

Trento (32)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.

Las cosas, sin embargo, se pusieron mucho peor cuando los españoles se empeñaron en discutir el origen divino de la dignidad episcopal y, para colmo, por Trento se dejó caer el cardenal de Lorena.

La polémica sobre el origen divino del episcopado, en todo caso, lejos de sostenerse no hacía sino arreciar. El cardenal de Lorena realizó un vibrante discurso en su defensa, que se vio apoyado por el arzobispo de Praga. El estado de nervios en que estaban los legados papales quedó bien reflejado el 3 de diciembre, durante cuya sesión uno de ellos, Hosio, que además pasaba por ser y era el más razonable de todos, realizó una censura exagerada contra el obispo de Alife por una cuestión absolutamente menor; y cuando éste quisiera tomar la palabra para defenderse, Simonetta se la negó con el argumento de que nadie podía contestar a los legados. No era en modo alguno invención de los propios legados esta actitud, sino más bien el resultado de la presión desde Roma para que cortasen de raíz cualquier tipo de contrariedad.

miércoles, octubre 04, 2017

Isabel (3: Leicester en Holanda)

Atenta la compañía con:





Para cuando se presentó la ocasión de trabajar para los holandeses, Robert Dudley, conde de Leicester, llevaba ya más de veinte años siendo una especie de campeón protestante. Se podría pensar que el hecho de ser, como era, el favorito de la reina inglesa le ayudaba en el objetivo de liderar a los holandeses; pero era exactamente al contrario.

lunes, octubre 02, 2017

Trento (31)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies. Si algo parecido se aprobó, no fue sino después de que el Papa recuperase el control sobre el concilio.




El obispo de Orléans, en aquel entonces, escribía desde Trento a un colega de la profesión: “Italia entera está resuelta a mantener las cosas en el estado en que se encuentran actualmente y no permitir una reducción del poder papal ni de la anchura de un cabello”. La legión italiana había desembarcado en la villa, por otra parte, justo a tiempo; pues fue en estos tiempos cuando el partido español consiguió colocar sobre la mesa del debate un tema espinoso.

miércoles, septiembre 27, 2017

Trento (30)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos. La situación no hizo sino empeorar cuando se discutieron la continuidad del concilio y la comunión de dos especies.


Cualquier persona que haya seguido esta serie tendrá claro a estas alturas, supongo, que toda la Historia del concilio de Trento se define por el ejercicio de un poder asfixiante sobre el mismo por parte del Papa. Siendo esto cierto, en el punto en que nos encontramos podemos decir que dicho entorno de cosas alcanzó su ápex. Aquel año de 1562 (el año que, no se olvide, la cruzada contra los valdenses estaba en todo lo gordo), bajo Pío IV el conflicto inherente al concilio alcanzó los puntos más altos. Casi todos los obispos que habían votado en contra del derecho divino de la residencia de los prelados recibieron jugosas ofertas de Roma que les prometían diversas gabelas y recompensas por ello. A cambio de ello, los sacerdotes sabían que debían desplegarse con la mayor inquina contra sus adversarios y, en consecuencia, los llenaron de improperios y calumnias.

lunes, septiembre 25, 2017

Isabel (2: El asesinato de Guillermo de Orange, y sus consecuencias)

Atenta la compañía con:


Habíamos dejado a Francis Thorckmorton atado al potro de tortura en el momento en que debió decir aquello de I'm confessin'. Y lo que dijo, básicamente, es que el duque de Guisa había concebido el mismo plan que en su día diseñó Ridolfi, esto es: colocar a María Estuardo en el trono tras deponer y asesinar a Isabel. Para llevar a cabo su plan, Thorckmorton había entrado en tratos con quien era desde 1578 el embajador español en Londres, Bernardino de Mendoza, al que había provisto con mapas bastante precisos que marcaban los mejores lugares de la costa meridional de Inglaterra para proceder a desembarcos. Asimismo, también le había dado una lista con los principales nobles y burgueses prósperos de religión católica, a los que consideraba dispuestos a secundar el plan.

miércoles, septiembre 20, 2017

Isabel (1: una reina acosada)

Enrique VIII se divorció de Catalina de Aragón y se casó con Ana Bolena por dos razones: por amor, pues el rey amaba sinceramente a aquella mujer; y porque tenía prisa por tener hijos. Por tener un heredero varón. De hecho, Enrique estaba tan convencido de que Ana Bolena le iba a dar un varón que le puso nombre ya en la barriga (Edward Henry) e hizo escribir decenas de cartas anunciando la buena nueva mucho antes de que la reina rompiese aguas.

Las cartas anunciaban the deliverance and bringing forth of a prince. Cuando Ana parió, tuvieron que cambiarse una por una; pero en la mayoría no había sitio para colocar dos eses. Así pues, aquellas cartas anunciaron el nacimiento de una princes, palabra que no existe en el inglés y que parece viene a designar una especie de interpolación entre hombre y mujer.

Y es muy probable que eso mismo fuese Isabel, aquel hijo tan esperado.

Isabel de Inglaterra fue coronada en 1559 y, con el tiempo, se convertiría en la primera gran reina de la Historia de Inglaterra; una Historia que, en los últimos 400 años, han escrito básicamente las mujeres, para bien y para mal. Consolidó la reforma anglicana y colocó a su país en el complicado tablero del poder europeo. Para ello tuvo que enfrentarse con la principal potencia militar del momento, España, en diversos momentos de los cuales el más famoso es lo que conocemos como el fracaso de la Armada Invencible.

La Historia de las relaciones entre España e Inglaterra en aquellos tiempos la hemos escuchado o leído (algunos) muchas veces desde el punto de vista español. Lo que yo pretendo con estas notas es hacerlo justo con el prisma inverso. Voy a intentar contar aquel reinado desde su propio punto de vista. A ver si lo consigo.

lunes, septiembre 18, 2017

Trento (29)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles y, casi de seguido, con el estallido de la gravísima disensión en torno a la residencia de los obispos.



Los papas, por lo general, suelen creerse bastante que son, perdón por el chiste fácil, la hostia. La práctica totalidad de los hombres que han ocupado el obispado de Roma se ha llenado la boca diciendo cosas como que son el último de los cristianos, el más humilde entre los humildes; pero ninguno lo ha creído nunca (ni lo cree). Un Papa siempre manda un huevo y, a base de mandar, acaba acostumbrándose a ser obedecido. Un día al año los papas le lavan los pies (previamente limpios) a un grupete de pobres reales o supuestos, y los otros 364 días mandan como generales de división. Y no les suele gustar que les lleven la contraria. Pío IV no era una excepción, y es por eso que le transmitió a Simonetta instrucciones precisas para que nadie le volviese a toser en las sesiones de Trento; y si para eso tenía que cambiar a su legado, lo cambiaba. Lo cierto, sin embargo, es que no podía hacerlo.

miércoles, septiembre 13, 2017

Trento (28)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El concilio recomenzó con un fuerte enfrentamiento entre el Papa y los prelados españoles.



Una vez resuelto, cuando menos formalmente, el temita de la actitud hacia los protestantes o cercanos a la Reforma, el concilio pudo dedicarse al otro gran asunto que tenía sobre la mesa, esto es, la reforma de la Iglesia. De todos los asistentes, Seripando era el que más se había gastado por ese tema y el que, por así decirlo, lo tenía más trabajado. Los padres conciliares, sin embargo, le hicieron la cobra y se dedicaron a mostrar preferencias por Simonetta, argumentando (y no les faltaba razón) que era el mejor canonista del equipo papal. Los legados, por lo tanto, le encargaron a él la ponencia, por decirlo en términos modernos.

lunes, septiembre 11, 2017

1453 (y 5)

Como ha habido una pausa vacacional, tal vez necesites que te diga que este post sigue a otros tres que encontrarás aquíaquíaquí y aquí.


Mehmed Fatih o, como lo conocemos nosotros, Mehmed II el Conquistador, sería, en efecto, el pollo que finalmente conseguiría abrir la lata de Constantinopla para los seguidores de Mahoma. Un hecho histórico desde muchos puntos de vista, y no el menor de ellos que se trata de la primera batalla propiamente dicha de la Historia bélica que fue básicamente ganada por la artillería.

miércoles, septiembre 06, 2017

1453 (4)

Como ha habido una pausa vacacional, tal vez necesites que te diga que este post sigue a otros tres que encontrarás aquí, aquí y aquí.


Bueno, pues ya tenemos a Murad II colocado a la cabeza del Imperio turco. La mayoría de los historiadores está bastante de acuerdo en que el reinado muradí colocó en el trono a un tipo con cierta tendencia a la abulia y dispuesto a los arreglos pacíficos con todo vecino. Sin embargo, pronto el emperador Manuel se lo habría de poner jodido. El basileus bizantino, haciendo una interpretación bastante libre de los términos del testamento de Mehmed, reclamó la tutela permanente de los nietos de éste, a lo que Murad se negó con cajas destempladas. El emperador respondió tratando de emponzoñar el Imperio mediante la liberación del disidente Mustafá y del ex visir Djuneïd, además de venderles armas y esas cositas. Murad buscó la alianza con los genoveses, que ocupaban la llamada Nueva Focea, frente a Mitilene, y quienes lo ayudaron para capturar a Mustafá y colgarlo de un poste.

lunes, septiembre 04, 2017

Trento (27)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio. Sin embargo, a base de pastelear con España sobre todo, el Papa acabó consiguiendo convocar un concilio bajo el control de sus legados.

El Papa le envió a sus legados instrucciones claras de que quería un concilio cojonudo. O, más bien, lo que él consideraba un concilio cojonudo. Para ello, hizo algo más que aleccionar a sus representantes en la asamblea. Comenzó a cursar órdenes indeclinables que, en la práctica, provocaron un auténtico tsunami de obispos italianos en dirección a Trento. Ante la ausencia de alemanes y franceses, eso dejó a los españoles solos ante el peligro. La legación hispana, sin embargo, ni modo de arredró por eso. De hecho, el conjunto de obispos españoles, una vez más dirigidos por el titular granadino Pedro Guerrero, se convirtió en una minoría altamente influyente, dada su solidez teológica y, sobre todo, la enorme fuerza moral que les concedía el hecho de ser la institución eclesial europea que podría exhibir un comportamiento menos escandaloso.

martes, agosto 29, 2017

Digesto romano

Regresando de las vacaciones, uf. Y lo hago con uno de mis digestos, esto es, recopilación de un tema tratado en su día por capítulos, reeditado y revisado para la ocasión.

Se trata, en este caso, de la serie dedicada en su día a la caída del Imperio Romano. Un digesto y una edición doblemente necesarios, por cuando en su publicación en folletín se traspapeló una toma que no habéis podido leer. Así pues, este digesto es un poco como esas pelis que exhiben "con dos minutos más introducidos por el director y nunca exhibidos".

Lectura de repaso, pues.

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Hay muchos testimonios, incluso en la primera Historia de Roma, de que la frontera oriental de sus posesiones europeas nunca dejó de ser un problema. Pero para hablar de la caída del poder de Roma, en puridad, hay que desplazarse hasta el cuarto siglo de la era. Un siglo en el que Roma seguía siendo enormemente poderosa, pero había cambiado bastante.

martes, agosto 01, 2017

Por qué los viajes en el tiempo serían un engorro

Bueno, yo no sé vosotros, pero yo estoy a punto de dedicarle un par de semanas a la empanada de xoubas, con muy poco contacto con internet y el mundo electrónico. Así pues, mi plan es irme de vacaciones, y conmigo se toma un descanso el blog, claro. No obstante lo dicho, alguna gana tengo de dejaros en estos días un post para que podáis completarlo en los comentarios si os apetece. Y se me ha ocurrido el meconio que viene de seguido.

jueves, julio 20, 2017

Trento (26)

ecuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

El nuevo concilio comenzó con una gran presión hacia la reconciliación con los reformados, procedente sobre todo de Francia, así como del Imperio.

La llegada de aquel memorial, avalado por el muy católico emperador, para colmo en un momento en el que la muy católica Francia se mostraba también abiertamente sensible a argumentos muy parecidos a los que contenía, marcó probablemente el punto más alto de las posibilidades que tuvo la reunión de Trento de convertirse en una auténtica asamblea reformadora de la Iglesia. Sin embargo, a partir de ahí, en realidad antes incluso, las cosas comenzarían a descender; y la razón fundamental de ello es que el partido reformador, con las mismas que tenía las cosas muy claras, resultó ser también un lobby muy desunido y con incapacidad de generar posiciones y políticas monolíticas y coordinadas. Cosa que el Vaticano llevaba haciendo desde hacía siglos y para lo que, además, contaba en el ámbito temporal con un aliado no menos monolítico que él: el rey español.

martes, julio 18, 2017

La RAE, ese modelo de negocio

Anda el mundo hispano algo revolucionado desde que, hace unas horas, el académico Arturo Pérez-Reverte hiciera público en su cuenta de Twitter que la RAE va a aceptar el imperativo «iros» para la segunda persona del plural del verbo ir. Dijo Reverte, y aquí se le escapó un meconio de su viejo oficio de periodista, que la RAE es notario, no policía. Otrosí: si la gente lo dice, la RAE lo acepta.

lunes, julio 17, 2017

Trento (25)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio. Concilio que convocó, aunque no sin dificultades.

Con estos mimbres, todo el mundo en Europa asumió que la continuación de Trento seguiría siendo un concilio únicamente católico. Lo cual es básicamente cierto, pero no debe esconder el hecho de que, en el tablero de los fieles a Roma, había diversos puntos de vista.

miércoles, julio 12, 2017

Trento (24)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar. Tras el aplazamiento, los reyes católicos comenzaron a acojonarse con el avance del protestantismo; así las cosas, el nuevo Papa, Pío IV, llegó con la condición de renovar el concilio.


Sea por lo que sea, Pío IV tomó posesión del cargo de consejero-delegado de media Cristiandad, y lo hizo expresando una clara voluntad de convocar el concilio general que todo Dios, o cuando menos los hombres que dicen tener su email, le estaba pidiendo. Eso sí, para dejar claras algunas cosas desde el inicio, al igual que su antecesor Del Monte Pío afirmó que quería volver a convocar el concilio, pero declaró válidas las decisiones de Trento, es decir, descartó de inicio cualquier tipo de disrupción con lo ya construido, a pesar de que lo hubiese sido en flagrante ausencia del elenco protestante. Asimismo, y para no malquistar a los protestantes ni al bando imperial, eligió de nuevo la villa de Trento para el embroque.

lunes, julio 10, 2017

Trento (23)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero. En esas circunstancias, el concilio no podía hacer otra cosa más que descarrilar.

Conscientes todas las partes de que Trento estaba yendo para entonces como la rana, hasta el emperador se vio forzado de asumir, el 3 de marzo de 1552, la suspensión de la asamblea. A partir de ese momento, la decisión de disolver Trento estuvo, por así decirlo, tomada; pero, sin embargo, nadie quería aparecer como quien la tomase. De esta manera, Trento siguió formalmente abierto durante semanas perfectamente inútiles. Sin embargo, la situación comenzó a pasar factura. El 13 de marzo, como un solo hombre, todos los representantes sajones abandonaron la villa. Inmediatamente después lo hicieron los embajadores de Würtemberg y Estrasburgo, en medio de declaraciones muy amargas sobre el trato que habían recibido sus propuestas en la asamblea.

lunes, julio 03, 2017

1453 (3)

(Vaya, he metido el dedo y he publicado esta toma, que era para el miércoles. Pues eso: que la disfrutes, y el miércoles viviré de las rentas...)

En la Transoxiana, al sur de Samarkanda, surgió en el siglo XIV un jefe guerrero. Era, probablemente, de origen mongol, pero había sido totalmente influido por la cultura turca. Su nombre era Timur, aunque todo el mundo lo conocía como Timur el Cojo, Timur Lenk, nombre que al parecer los europeos no podíamos pronunciar tal cual y, por eso, convertimos en Tamerlán.

Lectura: Killers of the Flower Moon


Qué: Killers of the Flower Moon. The Osage murders and the birth of the FBI.
Quién: David Grann.
Dónde: En la editorial neoyorkina Doubleday.
Cuánto: 9 pavetes y medio en el Kindle.
Nota: 7 sobre 10


Me compré este libro porque no es muy caro y porque leí un tuit de la universidad de Oklahoma en el que decía que era best seller en dicho Estado. Yo siempre he sido mucho de seguir los gustos de lectura de los oklajomianos. La verdad, lo confesaré, el libro electrónico ha introducido en la lectura unos precios razonables y eso, cuando menos para mí, supone que hago estos experimentos muy a menudo y sin miedo: compro, leo y, alguna que otra vez, a las veinte páginas lo dejo, paso el libro a una carpeta de basura que tengo en el Kindle, y a otra cosa.

miércoles, junio 28, 2017

1453 (2)

Tras la victoria de Maritsa, los turcos tuvieron el campo abierto al oeste de sus posesiones balcánicas. Diversas poblaciones fueron cayendo una a una y, lo que es más importante, la nobleza local tomó conciencia de que no le podía hacer la guerra a los islamitas. Lázaro, rey de Serbia, aceptó pagar tributo a los otomanos; y Juan Chichman III, rey de Bulgaria, le entregó a su hermana Tamara al sultán para que se casara. En toda Bulgaria, el único Estado no tributario de los turcos era Vidin, cuyo rey Stratsimir aceptaba la soberanía del rey de Hungría.

lunes, junio 26, 2017

1453 (1)

1453 es una de esas fechas mágicas de la Historia. Esto es así porque alguien decidió que había que tomarla como punto de partida del Renacimiento; lo que ha hecho a muchas personas creer desde entonces que la Edad Media terminó por decreto en Constantinopla el día que los turcos la tomaron. La verdad es que esa afirmación es muy aventurada y discutible pero, qué le vamos a hacer, algo hay que decirle al educando que todo lo que quiere es que le den una pregunta que tenga que contestar acertadamente para pasar un examen.

jueves, junio 22, 2017

Lectura: Brothers at arms



Quién: Larrie D. Ferreiro
Qué: Brothers at arms. American independence and the men of France and Spain who saved it.
Dónde: Random House USA
Cuánto: Unos 15 pavos, con descuentillo en el Kindle. Desconozco si hay versión en español, lo siento.
Nota: 9 sobre 10.

lunes, junio 19, 2017

Por qué la Transición mola

Estos días andamos de aniversario porque hace cuarenta años del día en el que algunos fueron a votar (a mí me quedaban tres para poder hacerlo). Es un aniversario de fuertes resonancias para todo aquél que vivió en el franquismo, pues para los contemporáneos de aquel régimen, en realidad, 40 años es un aniversario más importante que otros habitualmente más redondos, como el cincuentenario. La razón, valga esta explicación para aquel lector que no la pudo vivir, es que el concepto de 40 años de paz fue machaconamente utilizado por el tardofranquismo en su propaganda. Un régimen cada vez más débil y más cuestionado fuera de España (aunque no le faltaron en Europa apoyos o silencios tibios como los que ahora disfruta Nicolás Maduro) decidió recordarle cada día a los españoles de dónde venía y por qué había surgido; de ahí el mensaje relativo a las cuatro décadas de paz.

El constante machaconeo de los 40 años de paz acabó por meternos dentro de nuestras chavetas la cifra de 40 años como sinónimo de duración del franquismo, aunque si uno echa cuentas, no llegó. Por lo tanto, que ahora se cumplan 40 años desde el primer ejercicio de la democracia quiere decir que, más o menos, nuestra democracia es hoy tan joven, o tan vieja, como lo era el franquismo cuando lo metieron en un armón y lo subieron al Valle de los Caídos. He aquí el sentir básico de la celebración.

miércoles, junio 14, 2017

El reino celestial taiping

Hace no demasiados días hemos dejado a China bastante esconojadilla después de perder la llamada guerra del opio y tener que firmar el humillante tratado de Nankin. En efecto, la apertura de cuatro puertos comerciales a los ganadores occidentales supuso una gran debacle para la economía china, que no estaba en condiciones de competir con los productos occidentales y, cuando lo estaba, vio cómo sus competidores realizaban descaradas prácticas de dumping que les echaban del mercado.

lunes, junio 12, 2017

EEUU (58... ¡y final!)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt y sus primeras medidas destinadas a reactivar la economía, así como el nacimiento de la legislación social americana y el desarrollo propiamente dicho del New Deal.


Después de eso, hemos pasado a pensar un poco sobre los retos diplomáticos de entreguerras de los EEUU en Asia y Latinoamérica y, en general, la tensión aislacionista del país. Pero es un hecho que EEUU acabó implicado en la guerra, que tras costosas operaciones fue ganada tanto en el frente europeo como en el Pacífico. Terminada la guerra, hemos visto las primeras provisiones de organización tras el conflicto y, sobre todo, la política de contención del avance comunista en Europa, lo que provocó el desplazamiento de las tensiones a Asia y la guerra de Corea. Después hemos visto la labor de la Administración Eisenhower en materia de derechos civiles.

Si un asunto hay que puede competir con éxito con los derechos civiles a la hora de ganar el calificativo de asunto central de la presidencia de Eisenhower, ése es, sin duda alguna, la política exterior. No ha de extrañar, pues la presidencia del viejo general se produjo en todo lo gordo de la Guerra Fría, y la verdad que ésta empezó a darle problemas casi inmediatamente. En 1954, por ejemplo, casi todo el sureste asiático amenazó con caer en la zona de influencia comunista después de que los franceses, que llevaban implicados en una guerra en Indochina durante ocho años, llegaron a ese punto en el que se hizo evidente que iban a perder. Los enemigos de los franceses estaban siendo descaradamente ayudados por la China comunista, por lo que París busco de Washington un trato parecido que equilibrase las cosas.