miércoles, mayo 31, 2017

Trento /(22)

Recuerda que en esta serie hemos hablado ya, en plan de introducción, del putomiérdico estado en que se encontraba la Europa católica cuando empezó a amurcar la Reforma y la reacción bottom-up que generó en las órdenes religiosas, de los camaldulenses a los teatinos. Luego hemos empezado a contar las andanzas de la Compañía de Jesús, así como su desarrollo final como orden al servicio de la Iglesia. Luego hemos pasado a los primeros pasos de la Inquisición en Italia y su intensificación bajo el pontificado del cardenal Caraffa y la posterior saña con que se desempeñó su sucesor, Pío IV, hasta conseguir que la Inquisición dejase Italia hecha unos zorros.

A partir de ahí, hemos pasado a ver los primeros pasos de la idea del concilio y, al trantrán, hemos llegado hasta su constitución formal. Pero esa constitución fue tan problemática que pronto surgió el fantasma del traslado del concilio.

En ese punto del relato, hicimos un alto para realizar un interludio estético. Pasadas las vacaciones, hemos abordado la apertura del concilio y las maniobras papales para arrimar el ascua a su sardina. De hecho, el Papa maniobró, en contra de los intereses imperiales, para que Trento le pusiera la proa desde el primer momento a los reformados, y luego intentó, sin éxito, sacar el concilio de Trento. El enfrentamiento fue de mal en peor hasta que, durante la discusión sobre la residencia de los obispos, se montó la mundial; el posterior empeño papal en trasladar el concilio colocó a la Iglesia al borde de un cisma. El emperador, sin embargo, supo hacer valer la fuerza de sus victorias. A partir de entonces, el Papa Pablo ya fue de cada caída hasta que la cascó, para ser sustituido por su fiel legado en Trento. El nuevo pontífice quiso mostrarse conciliador con el emperador y volvió a convocar el concilio, aunque no en muy buenas condiciones. La cosa no fue mal hasta que el legado papal comenzó a hacérselas de maniobrero.


El presidente de Trento estaba esperando agazapado y escondido detrás de dos de los siguientes asuntos que tenía encomendados el concilio, especialmente el segundo: el sacrificio de la misa y el sacramento del orden, que es aquél por el que una persona siente la llamada para dedicar su vida a Dios y que es, de hecho, una de esas cositas que resultan bastante difíciles de comprender de la Iglesia católica pues, por razones que Dios nunca ha explicado demasiado bien, sólo puede recaer en hombres.

Legislar sobre la condición sacerdotal era una oportunidad muy interesante para legislar sobre el propio poder papal, y Crescenzio lo sabía. Por lo tanto, propuso al concilio un texto decretal por el cual las funciones sacerdotales se repartían entre todos los que las ejercían, pero siempre de acuerdo con la voluntad del Vicario de Jesucristo. O sea, esto es un círculo de opinión, pero al final se hace y se defiende lo que decida el secretario general.

Casi desde el momento en que comenzó a explicar su planteamiento, Crescenzio se encontró con una manada de teólogos, obispos y embajadores imperiales que pitaban para devolver al toro al corral. Su tesis fundamental, que ya se había escuchado en las sesiones con anterioridad, era que el episcopado era una misión divina, y como misión divina había sido encomendada por Dios, lo cual está por encima de los designios de su consejero-delegado. Teológicamente hablando, a mí me parece que los críticos en los debates tenían toda la razón. La propia Iglesia católica enseña que, por ejemplo, cuando te arrodillas en un confesionario a relatar tus pecados, en realidad quien está al otro lado de la celosía no es un señor llamado Gundemaro con el que a veces juegas al dominó en la taberna del pueblo; es Dios mismo quien te escucha, te perdona y te impone penitencia. Esto sólo puede ser así si, verdaderamente, la misión de ser pastor de almas la ha recibido Gundemaro del propio Dios; de donde se deduce que un sacerdote no necesariamente necesita que el Papa le diga esto o lo otro y le prohíba lo otro o esto.

Como puede verse, todo el mundo, inteligentemente, se apoyaba en las opiniones y designios de un tipo que jamás ha dicho cette bouche est la mienne, otrosí La Paloma Muda. Por supuesto, lo que había detrás era mucho más terrenal que la esencia teológica. Lo que estaba en juego en la posición de los representantes de tendencia carlina era preservar la independencia de la Iglesia española, así como la conveniencia de mantener las formas respecto de la alemana. Es un sino constante de la Historia eclesial: discursiones epidérmicamente teológicas en el fondo de las cuales se encuentra lo mismo de siempre: el poder.

Julio, de nuevo enfrentado frontalmente al emperador a pesar de haberse mostrado tan meloso al inicio de su pontificado, decidió avalar hasta el final a su legado, que libraba una batalla muy dura en Trento. Envió a la ciudad al obispo de Montefiascone con un mensaje para la asamblea en el que apoyaba las acciones de Crescenzio del tal manera, y de tal manera conminaba a la grey conciliar a atenderlo, que todo el mundo entendió, tratándose de la alabanza de un Papa hacia un cardenal más joven que él, que estaba estableciendo su candidatura a sucederlo. Por si podían quedar dudas, Pighino fue recompensado por los servicios prestados al presidente de la asamblea con el nombramiento de cardenal in petto.

En ese punto los protestantes, que tenían una menor voluntad conciliadora de lo que Carlos había querido imaginar y que eran testigos, día a día, de las enormes disensiones existentes entre los dos bandos de la cristiandad católica, decidieron ponerse más intransigentes si cabe de lo que habían sido nunca, conscientes de la debilidad que presentaban sus contrarios. Comenzaron a quejarse, y no les faltaba razón, de que todo en Trento iba de la dominación total del Papa y que, por lo tanto, habían sido engañados por su emperador cuando les había dicho (que se lo dijo) que eso no iba a ser así. Atacaron pues, y tal vez ése fue su error estratégico, a ambas partes del bando católico: al Papa por ser como era, y al emperador por haberles prometido un Trento que no se veía por parte alguna.

Así las cosas, el bando luterano excitó los enfrentamientos. Por ejemplo, sus representantes no le hicieron ni una sola visita ni al legado papal ni a sus nuncios, para así no brindar ni un solo gesto que pudiese interpretarse como aceptación de la autoridad del señor Ariel de Roma. Cuando se les invitó a negociar, no lo hacían nada más que con los embajadores imperiales, los electores eclesiásticos y el propio cardenal de Trento, restando con ello perfil e importancia a los representantes papales. Los enviados desde Wurtemberg presentaron un documento en nombre del duque local haciendo una profesión de fe que contenía todo un resumen de planteamientos protestantes. Todo lo que decía sobre la Justificación, sobre las buenas obras, los santos, casi todos los sacramentos, la eucaristía, el matrimonio y el propio Papa eran ya planteamientos abiertamente cismáticos. En la misma línea se posicionó la llamada confesión sajona, redactada por Melachton y acordada por los profesores y los pastores del territorio gobernado por el elector de Sajonia, el margrave de Anspach, los duques de Pomerania y los condes del Harz. Estrasburgo, por su parte, firmó una confesión muy parecida.

Acto seguido, los embajadores que ya podemos definir claramente como protestantes elaboraron una plataforma reivindicativa, diríamos hoy, sobre la organización del concilio. Exigían, por ejemplo, la búsqueda y elección de jueces imparciales que dirimiesen entre sus doctrinas y las de Roma. Asimismo, exigían que las decretales ya emitidas por Trento fuesen consideradas como tomas de posición de parte y que, por lo tanto, deberían ser confirmadas, o no, por esos mismos jueces imparciales; eso sin dejar de afirmar que algunas de esas decretales eran, simple y llanamente, contrarias a las Escrituras. El concilio, además, no debería acordar poder alguno para el Papa o sus legados y, más aun, debería relevar completamente a los padres participantes en las asambleas de cualquier compromiso de obediencia a la Santa Sede. Los protestantes que exigían esto sabían bien que su compromiso con la unidad de la Iglesia era la gran exigencia que el propio Papa les había hecho para admitirlos en el concilio, así pues sabían bien que lo estaban rompiendo.

A estas circunstancias, ya de por sí desazonantes, vino a unirse la discusión sobre el sacramento del orden, ésa en la que Crescenzio se las prometía tan felices, y que le salió rana. Esto fue así porque pronto se formó en la asamblea de Trento una minoría batallona que, abogando por la recuperación de las viejas tradiciones de la Iglesia, defendía la idea de que los obispos debían ser elegidos por los feligreses o por los sacerdotes, pero no designados por el Papa. Aquí el legado de Roma dijo basta, y exigió claramente a los protestantes que, para seguir en Trento, antes declarasen que se sometían a todas las resoluciones del concilio, cualesquiera que éstas fuesen. Los protestantes se pusieron de canto, y los intentos de los representantes imperiales y el cardenal Madruzzo para convocar una audiencia que negociase las cosas fueron infructuosos. El emperador, apoyando a los protestantes, solicitó que la discusión dogmática se detuviese hasta que una serie de teólogos que estaban en camino desde Alemania pudiesen llegar y hablar ante la asamblea. Crescenzio, sin embargo, bloqueó la publicación de los decretos en materia de reforma de la Iglesia mientras que no se publicasen los dogmáticos, que eran los que estaban en discusión. Así las cosas, la sesión pública de 25 de enero de 1552 salió como la mierda, pues sólo pudo aprobar un decreto de aplazamiento y un nuevo salvoconducto en favor de los protestantes.

Los representantes de los territorios protestantes, territorios que por otra parte ya estaban preparando una nueva revuelta armada contra el emperador, seguían dando por saco. Los representantes sajones, por ejemplo, exigieron el mismo derecho que los propios padres del sínodo para discutir, concluir y decretar, esto es, la igualdad de derechos entre laicos y religiosos. De hecho, y gracias a las presiones imperiales, consiguieron hablar libremente en la sesión del 24 de enero. Darles esta oportunidad no hizo sino empeorar las cosas, pues movió al legado papal al enroque, concretado en el diferimiento sine die de toda respuesta a las palabras de los protestantes. En realidad, el bando papal estaba convencido de que la única solución posible que quedaba era la disolución del concilio.

Las instrucciones de Julio a su legado fueron claras: podía mostrarse más o menos dulce en las formas; pero en el fondo, el presidente de las sesiones se mostraría inflexible a la hora de establecer la autoridad papal. Dicho y hecho, Crescenzio comenzó a aplicar lo que, a todas luces, era un aceleramiento del concilio, en el que se comenzaron a gestionar resoluciones a la velocidad de la luz. Los representantes protestantes hicieron lo que su denominación afirma, sosteniendo, y no les faltaba razón, que sus teólogos no estaban siendo ni siquiera escuchados. Los legados comenzaron a pelo puta la discusión en torno al sacramento del matrimonio, claramente buscando allegar cuantas más resoluciones mejor antes que apareciesen más alemanes por Trento. De hecho, el Papa había entrado en un bucle reaccionario de tal nivel que incluso le echó por carta una bronca del cuarenta y dos a su legado por haber dejado hablar a los protestantes. Crescenzio, literalmente pillado entre dos aguas pero con las ideas claras sobre cuáles eran las que debía apaciguar, rechazó la confesión de fe de Wurtemberg. Un teólogo católico, Pelargo, tuvo el atrevimiento de orar delante del propio sínodo pidiéndole a Dios que los herejes fuesen extirpados. No fue hasta una protesta formal de los protestantes ante los embajadores imperiales que aceptó disculparse.

El concilio entró en un bloqueo total. Los teólogos protestantes, sobre todo los venidos de Colonia, estaban claramente descontentos con la forma de trabajar del concilio. En cuanto a los prelados españoles, muchos de ellos llevaban seis años fuera de sus diócesis; habían visto ya a dos Papas en aquel concilio, y no tenían esperanza alguna de que el sínodo fuese a alumbrar nada ilusionante; resultaba cada vez más difícil retenerlos. Fueron ellos, de hecho, los que acabaron por rebelarse frente a los embajadores del emperador, demandando la suspensión de la asamblea. Los electores alemanes, sobre todo el de Maguncia, estaban con un cabreo enorme al haber comprobado que toda oportunidad de llegar a cardenales la podían dar por perdida. Ellos habían ido a Trento para conseguir alguna cesión de Roma en materia de la comunión de dos especies o el matrimonio de los sacerdotes, pero cada vez se daban más cuenta de que no podían esperar nada.

La política temporal terminó de decidirlos. Cuando llegaron las noticias de los protestantes alemanes y los franceses habían alcanzado una alianza, los obispos alemanes presentes en Trento comenzaron a temer seriamente por sus diócesis. Por este motivo, se apuntaron al partido español, por así decirlo, partidario de la suspensión de la asamblea. En febrero de 1552 desafiando al emperador, partieron de Trento. Al poco les siguió el obispo de Naumburgo y, cosa increíble, el siguiente en dejar de ir a las sesiones fue el propio obispo de Trento, quien obviamente no tenía adonde ir. Así las cosas, los pocos obispos italianos que atendían las sesiones también fueron marchándose.

El último en resignarse a lo evidente fue el emperador. Lo intentó hasta el último momento, negociando con Crescenzio alguna reforma eclesial que apaciguase a los protestantes. Pero, cuando vio que era imposible, aceptó (5 de marzo de 1552) la suspensión del concilio. Sin embargo, todavía arrastraría la asamblea sinodal su cuerpo moribundo durante semanas, pues ni el emperador ni el Papa querían cargar con el marrón de haberla cerrado.