lunes, junio 12, 2017

EEUU (58... ¡y final!)

Recuerda que ya te hemos contado los principios (bastante religiosos) de los primeros estados de la Unión, así como su primera fase de expansión. A continuación, te hemos contado los muchos errores cometidos por Inglaterra, que soliviantaron a los coloniales. También hemos explicado el follón del té y otras movidas que colocaron a las colonias en modo guerra.

Evidentemente, hemos seguido con el relato de la guerra y, una vez terminada ésta, con los primeros casos de la nación confederal que, dado que fueron como el culo, terminaron en el diseño de una nueva Constitución. Luego hemos visto los tiempos de la presidencia de Washington, y después las de John Adams y Thomas Jefferson

Luego ha llegado el momento de contaros la guerra de 1812 y su frágil solución. Luego nos hemos dado un paseo por los tiempos de Monroe, hasta que hemos entrado en la Jacksonian Democracy. Una vez allí, hemos analizado dicho mandato, y las complicadas relaciones de Jackson con su vicepresidente, para pasar a contaros la guerra del Second National Bank y el burbujón inmobiliario que provocó.

Luego hemos pasado, lógicamente, al pinchazo de la burbuja, imponente marrón que se tuvo que comer Martin van Buren quien, quizá por eso, debió dejar paso a Harrison, que se lo dejó a Tyler. Este tiempo se caracterizó por problemas con los británicos y el estallido de la cuestión de Texas. Luego llegó la presidencia de Polk y la lenta evolución hacia la guerra con México, y la guerra propiamente dicha, tras la cual rebrotó la esclavitud como gran problema nacional, por ejemplo en la compleja cuestión de California. Tras plantearse ese problema, los Estados Unidos comenzaron a globalizarse, poniendo las cosas cada vez más difíciles al Sur, y peor que se pusieron las cosas cuando el follón de la Kansas-Nebraska Act. A partir de aquí, ya hemos ido derechitos hacia la secesión, que llegó cuando llegó Lincoln. Lo cual nos ha llevado a explicar cómo se configuró cada bando ante la guerra.

Comenzando la guerra, hemos pasado de Bull Run a Antietam, para pasar después a la declaración de emancipación de Lincoln y sus consecuencias; y, ya después, al final de la guerra e, inmediatamente, el asesinato de Lincoln.

Aunque eso no era sino el principio del problema. La reconstrucción se demostró difícil, amén de preñada de enfrentamientos entre la Casa Blanca y el Congreso. A esto siguió el parto, nada fácil, de la décimo cuarta enmienda. Entrando ya en una fase más normalizada, hemos tenido noticia del muy corrupto mandato del presidente Grant. Que no podía terminar sino de forma escandalosa que el bochornoso escrutinio de la elección Tilden-Hayes.

Aprovechando que le mandato de Rutherford Hayes fue como aburridito, hemos empezado a decir cosas sobre el desarrollo económico de las nuevas tierras de los EEUU, con sus vacas, aceros y pozos de petróleo. Y, antes de irnos de vacaciones, nos hemos embarcado en algunas movidas, la principal de ellas la reforma de los ferrocarriles del presi Grover Cleveland. Ya de vuelta, hemos contado los turbulentos años del congreso de millonarios del presidente Harrison, y su política que le llevó a perder las elecciones a favor, otra vez, de Cleveland. Después nos hemos enfrentado al auge del populismo americano y, luego, ya nos hemos metido de lleno en el nacimiento del imperialismo y la guerra contra España, que marca el comienzo de la fase imperialista del país, incluyendo la política asiática y la construcción del canal de Panamá.

Tras ello nos hemos metido en una reflexión sobre hasta qué punto la presidencia de Roosevelt supuso la aplicación de ideas de corte reformador o progresista, evolución ésta que provocó sus más y sus menos en el bando republicano. Luego hemos pasado ya a la implicación estadounidense en la Gran Guerra, el final de ésta y la cruzada del presidente a favor de la Liga de las Naciones. Luego hemos pasado a la (primera) etapa antiinmigración hasta la llegada de Hoover, quien se las prometía muy felices pero se encontró con la Gran Depresión , que trajo a Roosevelt y sus primeras medidas destinadas a reactivar la economía, así como el nacimiento de la legislación social americana y el desarrollo propiamente dicho del New Deal.


Después de eso, hemos pasado a pensar un poco sobre los retos diplomáticos de entreguerras de los EEUU en Asia y Latinoamérica y, en general, la tensión aislacionista del país. Pero es un hecho que EEUU acabó implicado en la guerra, que tras costosas operaciones fue ganada tanto en el frente europeo como en el Pacífico. Terminada la guerra, hemos visto las primeras provisiones de organización tras el conflicto y, sobre todo, la política de contención del avance comunista en Europa, lo que provocó el desplazamiento de las tensiones a Asia y la guerra de Corea. Después hemos visto la labor de la Administración Eisenhower en materia de derechos civiles.

Si un asunto hay que puede competir con éxito con los derechos civiles a la hora de ganar el calificativo de asunto central de la presidencia de Eisenhower, ése es, sin duda alguna, la política exterior. No ha de extrañar, pues la presidencia del viejo general se produjo en todo lo gordo de la Guerra Fría, y la verdad que ésta empezó a darle problemas casi inmediatamente. En 1954, por ejemplo, casi todo el sureste asiático amenazó con caer en la zona de influencia comunista después de que los franceses, que llevaban implicados en una guerra en Indochina durante ocho años, llegaron a ese punto en el que se hizo evidente que iban a perder. Los enemigos de los franceses estaban siendo descaradamente ayudados por la China comunista, por lo que París busco de Washington un trato parecido que equilibrase las cosas.


El secretario de Estado, John Foster Dulles, llegó a coquetear retóricamente con algún tipo de operación militar de gran envergadura en la zona; pero eso no ocurrió (por el momento). En una conferencia celebrada en Ginebra el 20 de julio, conferencia a la que por cierto Estados Unidos no fue, Indochina, o Vietnam como pasó a llamarse, fue dividida en una zona del norte y otra del sur, mientras que en Laos y Camboya se fijaban unas elecciones democráticas para que definiesen su futuro. Los EEUU aceptaron estos acuerdos, a pesar de que los comunistas siguieron agrediendo a Laos y a Camboya.

En septiembre de 1954, Washington firmó el SEATO, Southeast Asia Collective Defense Treaty, diseñado para parar las intenciones de China. El SEATO, sin embargo, lo que acabó consiguiendo fue que diversos países de la zona, como India, Birmania o Ceylán, se pusiesen nerviosos y se opusiesen a formar parte del acuerdo.

El SEATO, en cualquier caso, era, en buena parte, un viva Cartagena. Mucho más contenido concreto tuvieron los acuerdos alcanzados tanto con Taiwán como con Filipinas. En 1955, Pekín, encabronada por el acuerdo entre los americanos y Chiang, amenazó con invadir las islas de Quemoy y Matsu, de control formosano. El Congreso, por una mayoría abrumadora, entregó poderes al presidente Eisenhower para repeler por vía militar cualquier agresión china a Taiwán.

Todo ese periodo de this and that, en el que ambas partes se estaban probando, se vio seguido de algún tiempo de mayor tranquilidad. En junio de 1955, los cuatro grandes poderes (Estados Unidos, Francia, Reino Unido y la URSS) se reunieron en una conferencia en la cumbre celebrada en Ginebra. Eisenhower llegó a Suiza con una agenda formalmente pacifista, que proponía, entre otras cosas, un acuerdo para que tanto los EEUU como la URSS permitiesen al otro sobrevolar sus instalaciones militares. El acuerdo fue imposible, pero es cierto que en aquella propuesta de Ginebra comenzó la larga marcha de los acuerdos de reducción de armas que culminarían treinta años más tarde, ya en los tiempos de Reagan y Gorvachov.

Sin embargo, cabe decir que la actuación de los Estados Unidos en Asia durante aquellos años se puede fácilmente encontrar entre las políticas más torpes y torpemente desplegadas de la Historia de este país. En 1954, como el resultado de fuertes presiones norteamericanas, Turquía, Irak, Irán y Pakistán, junto con Reino Unido, firmaron el Pacto de Bagdad, que afirmaba la integridad de todos ellos. Sin embargo, aquel pacto estuvo muy mal montado y negociado, por lo que se convirtió en el típico acuerdo entre aliados que despierta más dudas y críticas entre los no aliados que verdadera cohesión entre los que lo son. De hecho, Estados Unidos, ante la muralla de críticas que se encontró, decidió no dar el paso de elaborar la alianza militar que tenía en mente. La creciente complicación de la política en Oriente Medio movió a Washington a intentar acercarse a Egipto, que en ese momento lideraba con claridad el mundo árabe; Egipto se apresuró a exigir en compensación que los británicos abandonasen Suez; con ello, en realidad, las potencias occidentales perdieron su principal punto de presencia y poder en la zona. Como guinda del pastel, en septiembre de 1955 los egipcios llegaron a un acuerdo de suministro de armas con la URSS. Fue para contrarrestar esa colaboración que Estados Unidos y otros países occidentales (como España) ofrecieron su colaboración para la construcción de la presa de Aswan; gracias a cuya colaboración ahora tenemos en Madrid el templo de Debod, inicialmente ubicado en la isla Elefantina.

Foster Dulles, sin embargo, acabó por retirar la oferta americana, apenas una semana después de que Egipto la hubiese aceptado. Fue el resultado de observar constantes gestos prosoviéticos por parte de El Cairo, pero fue una muestra más de lo dubitativa de la política exterior americana en aquellos años. El 26 de julio, ya liberados de cualquier condicionante, los egipcios nacionalizaron el canal de Suez; tuvieron la humorada de argumentar que necesitaban los fletes para poder financiar la presa.

En octubre de 1956, la temperatura subió unos cuantos grados. Ante la manía de Nasser de organizar raids aéreos egipcios dentro de Israel, el Estado judío invadió Egipto. Ingleses y franceses se apresuraron a aprovechar las hostias e invadir la zona de Suez. Eisenhower, hay que decirlo, se opuso claramente a estas acciones y de hecho hizo piña en la ONU con la URSS a la hora de criticarlas. El 6 de noviembre, ingleses y franceses aceptaron la petición de Naciones Unidas de un alto el fuego, ante el temor de ser hostilizados por “voluntarios” soviéticos. Más renuentes, los israelíes acabaron por aceptar su salida del territorio egipcio que habían tomado.

Aunque resulte difícil de creer, en los años de Eisenhower hubo mucho pesimismo en Estados Unidos en lo relativo a su carrera con la URSS. En primer lugar, hay que tener en cuenta, y es un factor importantísimo de opinión pública, que como es sabido los rusos se adelantaron en la carrera especial, pues los primeros éxitos en este terreno fueron suyos. Los EEUU, de hecho, sufrían problemas de crecimiento, con aumentos del desempleo, mientras que la URSS parecía estar convirtiéndose en una moderna nación industrial (en gran parte por la cantidad de expertos e intelectuales occidentales que daban por buenos los cuentos que contaban las estadísticas oficiales moscovitas, sin jamás cuestionarse que nadie podía visitar una fábrica en la URSS sin estar acompañado de secretas). Mucha gente tenía la sensación, bastante cierta, de que Moscú llevaba la iniciativa.

En julio de 1958, EEUU y Reino Unido tuvieron que enviar tropas a Líbano y Jordania para contrarrestar la presión sovieto-egipcia sobre sus gobiernos prooccidentales. En agosto de aquel año, los chinos comenzaron a bombardear Quemoy y Matsu, lo que obligó a Washington a redoblar su apuesta por Taiwán. En octubre se montó la que se montó en Berlín, con Kruschev exigiendo la desmilitarización de la zona. A finales de año, la revolución castrista en Cuba estaba triunfando.

Desde un punto de vista interno, Eisenhower había llegado al poder criticando el fuerte tufo a corrupción de la gestión de los demócratas; pero como le suele pasar a los martillos de herejes cuando llegan al poder, su administración pronto se rebeló como toda una apóstata. Diversas revelaciones obligaron a dimitar a diversos altos funcionarios demócratas, quizás el más escandaloso de todos Sherman Adams, que era mano derecha del propio presidente. En 1958, la pasada por el rodillo en las elecciones al Congreso fue épica para los republicanos. El Senado quedó 64 a 34 a favor de los demócratas, el Congreso 283 a 153. En mayo de 1958, el vicepresidente Nixon, de visita en Perú y Venezuela, fue apedreado. En 1959, el viaje de Nixon fue para ver a Khruschev, con el que acordó celebrar una nueva cumbre que se celebraría en París el 16 de mayo de 1960. Cinco días antes, sin embargo, se conocieron las noticias sobre el derribo del avión U2 de reconocimiento en la URSS. Khruschev se presentó en París exigiendo unas disculpas de los estadounidenses que Eisenhower le negó; el presidente estadounidense no pisó la capital francesa.

Los problemas de Eisenhower no fueron solo con los países comunistas. A mediados de 1960, durante una gira asiática, le aconsejaron que no fuese a Japón, donde había tantas manifestaciones antiamericanas que su seguridad estaba comprometida.

Así las cosas, a nadie sorprenderá que en 1960, tras ocho años de gobierno, los republicanos llegasen derrengados a la carrera presidencial. La derecha, además, llegó a dichas elecciones sin haber reducido el déficit ni la deuda del país, sin haber hecho todos los recortes de impuestos prometidos, y con la sensación constante de que el bloque comunista lo estaba haciendo mucho mejor. En la convención republicana de Chicago había una estrella emergente, el gobernador de Nueva York Nelson A.Rockefeller, quien había ganado ese puesto en 1958 mientras los republicanos perdían en todas partes; pero la estructura del partido, que quería a Nixon, le insinuó que se quitase de enmedio. Así pues, el ticket quedó formado por Nixon y Henry Cabot Lodge.

En el caso de los demócratas, aunque tenían muchos candidatos el buen comportamiento de John Fitzgerald Kenney en las primarias los decidió. En la convención, celebrada en Los Ángeles, JFK ganó en la primera votación; como había hecho Nixon. Para equilibrar a un candidato muy del Norte y además católico, nominaron para vicepresidente al texano Lyndon B. Johnson.

El resultado de aquellas elecciones ya lo conocemos.




En fin, hemos llegado al punto en el que anuncié desde el inicio que terminaría esta serie. Creo que ha sido una serie un tanto larga (yo había previsto la mitad de tomas, la verdad; pero una cosa trae la otra y tal...) y, la verdad, el día que sabe-Dios-quién le reventó la cabeza a JFK en Dallas, la Historia de los Estados Unidos tomó otro cariz y otras trayectorias que aconsejan tratar ese periodo de una forma diferente; exactamente igual que ocurre con la era Reagan.

Tal y como yo lo veo, hay tres presidentes que definen cambios sistémicos, sustanciales, en la evolución de los EEUU: Lincoln, Kennedy, y Reagan. Este relato que hoy acaba abarca a uno de ellos, y no paró en él porque el problema que hubo de gestionar Lincoln, esto es la guerra civil, es el problema esencial de los Estados Unidos, que no por casualidad se denominan en plural; y, de alguna manera, para contar las consecuencias de la guerra civil hay que contar todo lo que ocurrió, por lo menos, durante los cien años que la siguieron.

Si todos tenemos ganas, probablemente regresarán los Estados Unidos a esta ventana; no digo como integrantes de muchas Historias, porque eso es prácticamente inevitable; sino como protagonistas indiscutibles. Algún día, espero, continuaremos este relato.

Hasta entonces, macho o macha, si tu profe de Historia te ha encargado un trabajito sobre Kennedy, o sobre Nixon, o sobre Carter, no te va a quedar otra que leer algo.


Se siente.